02 diciembre, 2012

UN EDÉN EN MAZAGÓN

Tras estos días un tanto movidos en nuestra población, con ciertos tintes de sensacionalismo mediático, pero entendiendo que los propietarios se preocupen por la seguridad de los negocios y cada cual de su vivienda, hemos decidido pasear y disfrutar del cielo claro y el aire un tanto frío que nos depara el fin de semana.
No han sido necesarios ni tan siquiera cinco minutos para encontrar un pequeño edén que por esas extrañas asociaciones de ideas ha traído el Guernica a mi mente. Por supuesto me refiero al cuadro de Picasso, no al árbol ni al bombardeo. Hará poco más de dos años hicimos parada en Madrid y decidimos acercarnos al Museo Reina Sofía. La verdad es que quedamos gratamente sorprendidos de la magnificencia del Guernica y también de su seguridad. Si pisabas las líneas que estaban señaladas en el suelo a modo de área de una portería de fútbol, saltaban las alarmas y acudían guardias, lo cual ocurrió en varias ocasiones.
Nos llamó la atención una persona, se encontraba observando la pintura, estaba  embelesada, cuando llegamos y al irnos, después de visitar todo el museo. Indudablemente viendo algo, mucho, bastante más que el resto de los que por allí pasamos. Cada vez la entiendo más, me sucede con Mazagón, no acabo de descubrir nuevas facetas, paisajes tan diferentes de mar o monte, cada tono de luz a lo largo del día es capaz de embellecerlos aún más si cabe. Un claro ejemplo es este edén de vegetación exuberante, situado a escasos metros de la gasolinera. Es tal su belleza, que casi no he querido andar entre el manto de tréboles, una alfombra verde en la que apostaría los hay de cuatro hojas. Solo unas fotografías para que lo podáis ver. Aunque seguramente sería maravilloso andar por allí descalzo, como si mojases los pies en las olas, sería una pena pisotearlo, perdería todo su encanto.
Hay cosas que afortunadamente no se pueden llevar los amigos de lo ajeno pero lamentablemente, a veces miramos y no las vemos.
Federico Soubrier García