El cónsul
de Alemania haciendo entrega al ministro de Información y Turismo de una
medalla de porcelana con la efigie auténtica de Cristóbal Colón. Foto: Rodri. //
Odiel.
José Antonio Mayo Abargues
Hay
pérdidas que pasan desapercibidas. Ocurren en silencio, hasta que un día
alguien pregunta por aquello que siempre estuvo ahí y descubre que ya no está.
Eso es precisamente lo que ha ocurrido con la medalla de Cristóbal Colón, que
durante décadas formó parte del patrimonio histórico del Parador de Mazagón.
A
simple vista podría parecer la desaparición de una pieza decorativa más. Una
medalla de porcelana que colgaba de una pared y que, en algún momento aún
desconocido, dejó de estar allí. Sin embargo, reducir este caso a la pérdida de
un objeto sería ignorar todo lo que representaba.
Cuando
el Parador Nacional de Mazagón abrió sus puertas el 15 de octubre de 1968, lo
hizo envuelto en la solemnidad de las grandes ocasiones. El entonces ministro
de Información y Turismo, Manuel Fraga, elogiaba el futuro turístico de la
costa de Huelva, el obispo bendecía las paredes y el vino de honor sellaba el
nacimiento del establecimiento número 82 de la red nacional, bautizado
significativamente como "Cristóbal Colón".
Sin
embargo, el acto más trascendental de aquel día no estuvo en los discursos
oficiales. Ocurrió casi de puntillas: la entrega de una medalla de porcelana
fina que contenía, según los expertos, el retrato más fiel y auténtico jamás
hecho en vida al descubridor de América.
El
encargado de ofrecerla al ministro fue el cónsul de Alemania en Huelva, señor
Clauss, en nombre de la prestigiosa fábrica de porcelanas Lorenz
Hutschenreuther, de Selb, Baviera (Alemania). Sin embargo, detrás de aquel
obsequio había un nombre que merece ser recordado: Joachim Weyrauch, alemán con
residencia en Mazagón, estudioso apasionado de la historia de España y amigo
cercano de la familia Clauss. En su discurso, el cónsul alemán destacó la
importancia de la intervención del señor Weyrauch en la reproducción en
porcelana de la histórica medalla.
Mucho más que porcelana: el rostro
real de Colón
Para
entender la gravedad de esta pérdida, hay que entender qué significaba esa
pieza. No era un simple suvenir protocolario. La medalla entregada al Parador
era una finísima reproducción en porcelana de la célebre medalla de Cristóbal
Colón atribuida al escultor renacentista Guido Mazzoni (c. 1450–1518). Según
los estudios del profesor Richard Gaettens, numismático de la Universidad de
Heidelberg (Alemania), publicados en julio de 1964 en la revista inglesa
"The Connoisseur", esta medalla —realizada entre 1504 y 1505— podría
ser el único retrato auténtico hecho en vida del navegante.
Los
argumentos que sostienen esta hipótesis son contundentes:
- La
mayoría de retratos de Colón son imaginarios y posteriores a su muerte. Hasta
los más realistas, realizados con posterioridad a la obra de Mazzoni, se basan
en estudios antropológicos de restos óseos.
- La
medalla presenta rasgos que coinciden con las descripciones históricas: rostro
ovalado, pómulos marcados, cabello claro ya encanecido, expresión dura y
cansada.
- Mazzoni
estuvo en España entre 1504 y 1505, fechas compatibles con un encuentro directo
con Colón.
- Al
morir Isabel la Católica en 1504, Mazzoni pudo viajar a España con la esperanza
de realizar su lápida sepulcral, dado que ya había trabajado para la familia
real aragonesa en Nápoles entre 1490 y 1495, y existía, por tanto, una conexión
con los Reyes Católicos.
- En
noviembre de 1504, Colón regresó de su último viaje y pasó el invierno en
Sevilla padeciendo artritis. En 1505 marchó a la Corte itinerante de Segovia,
Salamanca y Valladolid. Es probable que allí cruzara su camino con Mazzoni,
quien modelaría a su compatriota en barro.
Para
Gaettens, esta medalla es “la representación más fiel conocida del
descubridor”, muy superior a otras imágenes idealizadas siglos después.
El
escultor Guido Mazzoni realizó solo dos ejemplares en bronce de la célebre
medalla con el retrato de Cristóbal Colón (fechada hacia 1504-1505). Ambas
tienen escrito «Christophoro Colombo» en letras góticas. Uno de estos
ejemplares originales se conserva en la colección del Gabinete de Numismática
del Museo de Historia del Arte de Viena (Kunsthistorisches Museum), y el otro
es propiedad de la familia Gaettens.
Tras
la muerte de Richard Gaettens en 1965, la medalla pasó a manos de su hijo en
Lübeck (Alemania), quien más tarde la trasladó a Estados Unidos.
Weyrauch, el verdadero artífice: de
La Rábida al Parador
Efigie
contemporánea por Guido Mazzoni del año 1505 en una medalla de bronce
reproducida en porcelana y donada por Lorenz Hutschenreuther, de Selb
(Alemania), al Monasterio de La Rábida en agosto de 1966. Una medalla idéntica
a esta fue donada en octubre de 1968 al Parador Nacional de Mazagón. // José A.
Mayo.
Aunque
la entrega oficial en el Parador la realizó el cónsul Clauss, el verdadero
impulsor de que esta medalla llegara a Huelva fue Joachim Weyrauch.
Weyrauch,
enamorado de la historia colombina, mantenía una estrecha relación con
instituciones culturales de Alemania, así como con el profesor Richard
Gaettens. Gracias a estos contactos, consiguió que la fábrica Hutschenreuther
realizara una reproducción en porcelana de la medalla de Mazzoni, con los
derechos cedidos por Gaettens.
Su
compromiso con la difusión del legado colombino no se limitó al Parador. El
viernes 26 de agosto de 1966, dos años antes de la inauguración del Parador,
Weyrauch ya había donado otra reproducción al Monasterio de La Rábida, donde
aún se conserva como una pieza destacada de su patrimonio.
Su
gesto fue, en realidad, un puente entre culturas: un alemán enamorado de Huelva
que quiso devolver a esta tierra parte de la historia que la une para siempre a
la figura de Colón.
Joachim Weyrauch y su esposa, Hanna, entregando la
medalla en el Monasterio de La Rábida al padre Francisco Alegre. // José A.
Mayo.
¿Por qué se fabricó en porcelana y
no en otro material?
Weyrauch,
natural de la ciudad alemana de Dresde, había abandonado el Ejército al
finalizar la Segunda Guerra Mundial, con el grado de comandante, y se instaló
en Lippstadt (Alemania). Su objetivo era emprender los estudios de medicina,
pero se vio obligado a tomar las riendas del negocio familiar, un
establecimiento en constante evolución, al ritmo de las necesidades de los
clientes, dedicado a la venta de toda clase de artículos domésticos, lo que la
gente necesitaba en aquellos tiempos difíciles; sobre todo, envases herméticos
para alimentos, muy solicitados en todos los hogares de Alemania tras la
guerra.
Con
el llamado milagro económico alemán (Wirtschaftswunder) de los años cincuenta
llegó también el auge de viajar. El aumento del poder adquisitivo abrió las puertas
a nuevas experiencias y, como ningún viaje empieza sin equipaje, el
establecimiento pronto se vio lleno de maletas y artículos de viaje.
Consolidada
la estabilidad en el país, el negocio dio un giro radical, dedicándose a la
venta de porcelanas finas, procedentes de Limoges (Francia), Wedgwood
(Inglaterra) y Rosenthal, Hutschenreuter (Alemania), líderes mundiales en fabricación
de porcelanas. Además de las prestigiosas porcelanas de Meissen (República
Democrática de Alemania), que conseguía a través de contactos familiares, dado
que el comercio con la RDA no era fácil.
Weyrauch
conocía muy bien el mundo de la cerámica y ese fue el motivo por el que decidió
reproducir la medalla de Colón en porcelana.
Hoy,
la medalla entregada al Parador debería seguir allí como parte de su patrimonio
histórico y como símbolo de la gesta colombina que da nombre al establecimiento,
pero esta importante reproducción histórica de la efigie de Colón ha
desaparecido y nadie sabe su paradero. El actual director confirma esta desconcertante
realidad: cuando asumió el cargo, la medalla ya no se encontraba allí, ni
figuraba en el inventario del centro. Su pérdida deja un triste vacío en la
pared donde estaba expuesta, ya que permitía al visitante mirar a los ojos al
hombre real, no al mito. Ahora esa ventana a la historia ha quedado tapiada por
la desidia. Una pérdida que hay que lamentar, no solo por su valor artístico o
histórico, sino porque encierra una historia de amistad y cultura.
Un vacío que exige respuestas
¿Cómo
puede desaparecer un objeto que simbolizaba la hermandad entre España y
Alemania, el nacimiento de un Parador y el rostro vivo del Descubrimiento? La
pérdida de la medalla del Parador de Mazagón es lamentable en el sentido más
profundo de la palabra. No se trata solo del valor artístico de la porcelana de
Selb, Baviera, sino de la ruptura de un legado y el olvido de la figura de
Weyrauch.
Las
instituciones pasan, los directores cambian, pero las obras que encierran el
alma y la historia de un lugar deberían ser sagradas. Hoy, las estancias del
Parador siguen allí, mirando al Atlántico, pero les falta la mirada cansada y
auténtica de aquel Cristóbal Colón de porcelana. Una ausencia que pone de
manifiesto la fragilidad de nuestra propia memoria cultural.
Joachim
Weyrauch quedó ligado para siempre a Mazagón desde que lo descubrió casi por
casualidad en 1960, durante una visita al Coto de Doñana. Aquel primer
encuentro con el paisaje de dunas, pinares y mar fue suficiente para que este
alemán, curioso y enamorado de la historia de España, estableciera un vínculo
profundo con un lugar que terminaría convirtiéndose en una parte esencial de su
vida.
Tan
profunda fue su conexión con Mazagón que poco después decidió construirse una
vivienda de veraneo, un refugio tranquilo, entre los pinos, donde pasaba largas
temporadas y que disfrutó hasta su fallecimiento en 1998. Esa casa, levantada
en los años en que Mazagón comenzaba a despertar al turismo, sigue hoy en manos
de su familia, que continúa utilizándola y manteniendo vivo el vínculo que
Weyrauch creó con esta tierra.
Este artículo ha sido publicado en la Revista MonteMayor 2026