El 5 de diciembre de 1958,
un barco onubense se hundió frente a las costas saharauis. Unos minutos antes,
Antonio Suárez, un marinero de Mazagón, salvó a los 14 marineros de la
tripulación. En 2007 hice un viaje para encontrar el lugar del naufragio.
Sáhara Occidental. Autora: Pepa Suárez, 2007
Mazagón Beach, 28/12/25Pepa Suárez
La desembocadura del río Draa en
el Atlántico, frontera natural e histórica con Marruecos, anuncia la entrada en
territorio saharaui ocupado. A partir de
ese punto, el ocre áspero del relieve escarpado, que asoma al océano, va
dejando paso a las cadenas de suaves dunas con formas caprichosas, abrazadas a
sí mismas y moldeadas por los fríos y persistentes vientos alisios.
Es difícil imaginar que los más
de mil kilómetros de costa saharaui disfruten de un clima suave en los meses
estivales, cuando la dureza del paisaje desértico hace presagiar lo contrario.
El manto protector de esos frescos susurros marinos provenientes de las Azores,
que se despliega como un regalo de la Naturaleza en una tierra ardiente, hace
que muchas familias saharauis se desplacen desde el interior, con todas sus
pertenencias, para vivir en confortables jaimas a lo largo de la costa.
Sin embargo, lo que en tierra se
agradece, en el mar se convierte en un riesgo. La costa saharaui está salpicada
de barcos embarrancados empujados por las corrientes hacia los numerosos bancos
de arena del fondo marino.
La soledad del Sáhara
Occidental es tan inquietante como enigmática. El chasquido de la arena contra
nuestros vehículos se convirtió en único compañero de viaje y, a veces, el sol
se teñía de rojo y llovía barro.
La carretera que va de Layoun a
Dakhla, y que recorre unos interminables trescientos kilómetros, apenas
registraba tráfico. Solo nos cruzábamos con pesados camiones frigoríficos
repletos de pescado y eso nos recordaba que estábamos frente al mejor caladero
del Atlántico, objeto de la codicia marroquí y europea.
A veces aparecían manadas de
camellos cruzando la carretera como señores todopoderosos y recordándonos que
la prisa no existe en el desierto.
A esas alturas de viaje la
arena se incrustaba en nuestra piel y resecaba nuestras gargantas.
“¿Profesión?, ¿motivo del viaje?” preguntan, con insistencia, en los numerosos
controles policiales del Sáhara ocupado después de rellenar una extensa ficha
con todos los datos de nuestros pasaportes. Los periodistas no son bienvenidos,
como tampoco los viajeros por razones humanitarias. Los ocupantes solo desean
un turismo aséptico que se tape los ojos y oídos ante muchos años de tropelías.
Mi
viaje tenía un objetivo que se convirtió en una obsesión: encontrar el
lugar donde el barco onubense “Costa
Guipuzcoana” encalló hace 50 años a unas veinte millas al norte de Cabo Jubi
(Tarfaya).
La madrugada del 5 de diciembre
de 1958 este barco pesquero fue arrastrado por las fuertes corrientes hacia la
costa. Unas horas antes de hundirse, Antonio Suárez, uno de los catorce hombres
de la tripulación, decidió amarrarse un cabo a la cintura y echarse a la mar en
busca de tierra a la que llegó exhausto con el cuerpo destrozado por el choque
violento contra las rocas.
En su titánico empeño, y mientras
luchaba contra la fuerza de las olas en medio de la oscuridad, le sobrevino el
recuerdo infantil de su madre cuando asistía a los náufragos de Sanlúcar que
encallaban frente a las costas de Mazagón. Casualmente, “Zorro Playa”, como así
le llamaban los españoles a este hombre saharaui, divisó el barco y ayudó a
Antonio, ya en tierra, a amarrar el cabo a una roca por el que pudo salvarse el
resto de la tripulación.
Cinco minutos después de saltar
el último hombre, el Costa Gipuzcoana se hundió para siempre. Zorro Playa murió
hace tres años según me cuentan los saharauis de Layoun que le conocieron y los
ojos de Antonio, mi padre, apenas le permiten ver hoy las fotos recientes de
aquel lugar que guarda una historia anónima, llena de solidaridad y heroísmo,
como muchas otras que han acompañado a los hombres de la mar.
*Este
relato se publicó en el antiguo “Odiel” el 22 de agosto de 2007.