José Antonio Mayo Abargues
En el entorno del
Parque Nacional de Doñana, los zacayones vuelven a mostrar su mejor imagen tras
las últimas lluvias. Estas charcas profundas, algunas de origen natural y otras
excavadas por el hombre, cumplen una función esencial: garantizar el
abastecimiento de agua al ganado y a la fauna silvestre durante los meses más
secos del año.
Cuando el régimen de
lluvias es favorable, los zacayones se convierten en auténticos oasis para
vacas, caballos, ciervos, jabalíes y numerosas aves, que encuentran en ellos un
recurso esencial para hidratarse y descansar.
Sin embargo, en
periodos de sequía extrema, cuando el nivel freático desciende y el agua no
llega a aflorar desde el acuífero, la escena cambia por completo. Los animales,
movidos por la necesidad, escarban en el centro de las charcas en busca de la
humedad que les permita sobrevivir, dejando visibles huellas de su lucha contra
la escasez.
Hoy, con los zacayones
llenos, Doñana recupera una estampa de esperanza. Estas pequeñas reservas ponen de relieve la importancia del agua para
la vida y el equilibrio del ecosistema de este espacio único.

